“Mi mano fue camino,
mi pena fue color,
mi sangre fue trazo
y lo que dibujé fue quiénes somos.”
Estas palabras nacen del corazón de Primitivo Evanán Poma, pintor fundamental de las Tablas de Sarhua, cronista y constructor de memorias visuales que supo llevar a la escena urbana la tradición sin negar su origen andino. Su gesto consolida un diálogo con el tiempo como acto de reciprocidad y de transmisión permanente de saberes.
Desde ese pulso primigenio, la obra de Venuca Evanán se despliega como una narración continua que recorre, en un solo trazo extendido, la vida colectiva de las mujeres andinas. La curva de sus piezas configura una cadena ininterrumpida de enseñanza, cuidado y organización comunitaria .
En estas escenas, cada gesto es directo y político: la olla común aparece como espacio de trabajo, encuentro y poder compartido; el harawi y las danzas tradicionales, el tejido en telar de cintura, la pintura sobre madera y la medicina ancestral no son estampas pasivas, son prácticas que preservan y transmiten la memoria ancestral.
El acto de enseñar a niñas y de sostener a otras mujeres entra en el terreno de la acción constante. En ese aspecto, el cuidado cotidiano, la crianza compartida y la colaboración colectiva son armas que desafían siglos de silenciamiento y opresión.
La presencia de Elizabeth Canchari en estas narrativas celebra su labor como educadora dentro de la comunidad de Sarhua y representa un feminismo comunitario.
Venuca no solo conserva la tradición, sino que también la hace crecer. Su trabajo en el arte contemporáneo no busca reconocimiento inmediato; construye futuro y proyección.
Cada pieza habla del presente y del porvenir. La memoria de las mujeres andinas es política, conocimiento y fuerza que se materializa.
Su obra no suaviza la realidad ni la idealiza. Violencia y resistencia conviven con placer y enseñanza. La resistencia y la vida cotidiana forman parte de un solo movimiento.