“Próximo a un lugar cercano, pero desconocido”
Durante el primer semestre de este año, Pedro Torres estuvo algunos periodos en residencia en Casa Enhorabuena en Menorca, donde llevó a cabo una investigación en torno a sus faros: sus modos de funcionamiento, sus códigos y sus simbologías. Es cierto que, al igual que las islas, los faros suelen asociarse a imágenes nostálgicas, melancólicas y poéticas. Ambos comparten cierta condición de aislamiento, con el mar como mediador. Son numerosas las referencias literarias y musicales que conforman su imaginario marítimo y costero, así como las historias reales de los fareros, guardianes de los faros que vivieron con sus familias en estas estructuras hasta que la progresiva automatización de los equipos hizo innecesaria su presencia permanente.
Sin embargo, aunque podría dejarse llevar por los diversos aspectos narrativos que contribuyen a construir el imaginario de las islas y los faros, Torres opta por desplazar la mirada hacia la relación entre tecnología y paisaje, investigando las dimensiones físicas de los faros y los fenómenos luminosos que los constituyen. A partir de sus sistemas de funcionamiento, explora el potencial poético de procesos ópticos como la reflexión y la refracción de la luz, así como de fenómenos ondulatorios como la propagación y la difracción. De este modo, revela cómo los mecanismos técnicos que orientan la luz y el sonido pueden también transformar nuestra percepción del espacio.
El artista desarrolla así su investigación, vinculando el pensamiento escultórico con la práctica audiovisual a través de un interés particular por el comportamiento de la materia. Su investigación sobre el cuerpo, el espacio y la imagen (los tres en movimiento) se articula mediante un trabajo empírico con lentes, espejos, luces, tejidos translúcidos, motores y máquinas de niebla. Dispositivos que amplifican nuestros sentidos y que, de algún modo, también acortan las distancias.
En Próximo a un lugar cercano, pero desconocido, el artista reconstruye en el espacio expositivo una especie de faro fragmentado, que permite experimentar la sensación de encontrarse en su interior. Siguiendo el movimiento cíclico de los astros, la rotación de los mecanismos ópticos de los faros y la de los proyectores cinematográficos, el espacio adquiere una configuración circular. El sonido, la luz, la palabra y la imagen se descomponen y se reconfiguran en el cuerpo de quienes entráis en la exposición, convirtiéndoos en un elemento más de la maquinaria.
Se trata de un recurso similar al que el artista emplea al concebir sus piezas y establecer relaciones entre los distintos medios con los que trabaja. Esto ocurre, por ejemplo, cuando parte del gráfico con la secuencia de destellos que identifica cada faro de la isla (las llamadas características luminosas) como base para crear una partitura. Lo que era imagen se transforma en sonido, y lo que era ritmo visual se convierte en ritmo musical.
Pedro Torres transita entre lenguajes mediante el ejercicio de la traducción, que implica procesos de transposición, transformación y reconfiguración. En ellos, cada elemento, al pasar de un medio a otro, ve alteradas sus propiedades sin perder por completo las huellas de su forma original. Como sucede con la refracción de la luz, que modifica su trayectoria al atravesar distintos medios, la traducción entre lenguajes no consiste en una transferencia literal, sino en un desvío productivo: aquello que se transforma abre, al mismo tiempo, nuevas posibilidades de percepción y de sentido.
Luz y sonido
Una luz muy intensa incide directamente en tus ojos. Te permite ver la estructura que constituye el propio objeto, pero también mirar más allá: embarcaciones, pájaros, niebla y quizá tu propio reflejo, que regresa tras un viaje de cuarenta millas náuticas en apenas unas milésimas de segundo. Un faro marítimo actúa como una guía que permite a los navegantes identificarlo mediante una serie de códigos luminosos. Gracias a este lenguaje, propio y único de cada faro, es posible saber en qué punto geográfico nos encontramos: “Dos destellos blancos cada diez segundos: estoy cerca del faro de Cavalleria. Sé que, en apenas unas millas náuticas, estrellaré la embarcación contra los arrecifes y toda esta carga que me consume irá directamente a las profundidades del infierno”, pensaría un navegante desterrado en 1857, año de construcción del faro.
En Menorca, donde se centra la investigación de Torres para este proyecto, hay un total de siete faros que siguen orientando a los navegantes y delimitando el litoral de la isla. Próximo a un lugar cercano, pero desconocido (2026), una obra que es también un poema, recibe al espectador en el espacio de Enhorabuena y lo sitúa en el aquí y el ahora. La luz proyecta hacia el exterior un código-poema escrito por Torres, cuya lectura es deliberadamente inestable. Pero, al fin y al cabo, cómo interpretar o acceder a esas palabras si no llegamos a leerlas por completo?
Una palabra (o un conjunto de ellas) puede aparecer fugazmente en algún punto del escaparate, sobre la ropa de quien se coloca frente al proyector o en el interior del coche que avanza lentamente por la calle. Se establece así una presencia sutil, como la de un guía que no indica al espectador qué camino seguir, sino que le ofrece pistas capaces de desubicarlo y convertir su navegación en una experiencia más próxima a la deriva. Para cobrar cuerpo, esta obra depende de una máquina de luz (un proyector) que introduce en el espacio una intimidad que se hace pública (el poema), pero que nunca llega a completarse. Para existir, necesita chocar con alguna otra partícula del mundo.
Torres no traduce los elementos del mundo directamente en obras, sino que reorganiza y entremezcla ese material para ofrecernos otros códigos, tomados del ámbito científico y recontextualizados en obras, dispositivos y ambientes. El espacio expositivo que concibe para albergar las piezas es también parte constitutiva de la experiencia. Las obras nunca están aisladas: se integran con luces, paredes, cortinas, niebla, recorridos y tiempos. Algunas de estas propuestas son piezas autónomas; otras funcionan como dispositivos que alteran la percepción del espectador en el espacio. El ambiente nunca es neutro: se transforma y, al mismo tiempo, se ve constantemente transformado.
Esta relación con el espacio se establece también a través del sonido. A partir de las características de los faros, la pieza sonora Minoris (2026) explora ecos, intermitencias, repeticiones y reverberaciones, haciendo del espacio una parte más de la composición. Compuesta por Ignacio Pezzati, de Making Time Studio, la pieza nos conduce a un lugar suspendido, como visto desde el aire: un territorio sonoro de textura granulada y matices atmosféricos que, en determinados momentos, parece iluminarse desde dentro, como si pequeñas partículas sonoras brillaran bajo la superficie.
Reflexión y refracción
Una corriente de aire penetra en el espacio y recorre las rendijas entre la ventana y la cortina, guiando al espectador hasta Ócula (2026) y Being Seen (2026), dos esculturas que giran sobre sí mismas. La primera, formada por piezas de neón, acrílico translúcido espejado y una lente de Fresnel, parece unir los elementos de un dispositivo óptico en funcionamiento. Utilizada históricamente en los faros, la lente de Fresnel permite concentrar y dirigir la luz de manera más eficiente. En Ócula, la luz atraviesa las superficies y se refracta en ellas, produciendo líneas luminosas, distorsiones y reflejos que se multiplican a medida que el espectador se aproxima. La imagen resultante no es estable: depende de la posición de quien observa, de la incidencia de la luz y del propio movimiento del objeto.
Por su parte, Being Seen, inspirada en instrumentos meteorológicos diseñados para registrar la velocidad y la dirección del viento, propone una reflexión sobre el medio que hace posible nuestra visión. Al mismo tiempo, nos recuerda que el entorno sigue presente cuando nos encontramos ante un objeto que parece reflejar nuestra propia presencia. ¿Qué pone este objeto en movimiento? ¿La velocidad con la que nos desplazamos de un punto a otro de la sala? ¿El calor y la energía que desprenden nuestros cuerpos? ¿Una brisa que, de manera furtiva, ha cruzado la puerta de entrada cuando alguien ha decidido visitar la exposición? Transformado y de dimensiones colosales si comparadas con los anemómetros industriales, el objeto parece casi capaz de anunciar un vendaval. Gira sobre su propio eje y, al mismo tiempo, hace girar nuestra imagen, atrapada en su superficie reflectante.
En la obra de Torres, el tiempo no se presenta como una sucesión lineal de acontecimientos, sino como algo que se manifiesta en los movimientos, las repeticiones y los continuos vaivenes. Pero y si el tiempo, al igual que el viento, fuera también una invención, una manera de nombrar y organizar aquello que no podemos aprehender directamente? Los vientos reorganizan la vida en Menorca y nos recuerdan que nombramos las cosas para orientarnos, pero también para construir memoria.
Antoni M. Alcover y Francesc de Borja Moll recogen en el Diccionari Català-Valencià-Balear (1926-1962) una antigua canción popular balear que enumera los ocho vientos: Mariner, tu que pretens / de bon cap i glosador: / me vols fer una cançó / que anomeni tots es vents? / Llevant, xaloc i migjorn, / llebeig, ponent i mestral, / tramuntana i gregal; / vet aquí es vuit vents del món. Con esto en mente, volvemos a imaginar al navegante de 1857. Reconoce el faro, la luz y el código. Sabe que los vientos, todos ellos nombrados, son testigos de su melancolía. Una barrera de arrecifes se aproxima, y nuestro navegante opta por las profundidades. Sabe que estará a salvo en la oscuridad.
Julia Coelho, Renan Araújo